Las reinas se enamoran de los canallas – manual para canallas

Abril 14, 2008 at 7:28 pm (Uncategorized) ()

Las reinas se enamoran de los canallas

Abrazo a Diana y nos quedamos así un largo rato,
sin importar el tiempo, sin reparar en la gente que
transita frente a nosotros y que nos mira de manera extraña,
en lugar de seguir observando el monumento a la Revolución.
En una ciudad tan llena de prisa, tan vertiginosa como un huracán de desgracias, tan gris y ruidosa, no hay nada tan subversivo como el afecto, la ternura. Sí, de pronto ves a la gente que camina tomada de la mano o a una parejita de adolescentes fajando sabroso, pero encontrarte con un par de personas que se abrazan como si se cuidaran uno al otro, como si se cobijaran del estrés, eso no es nada común. Qué son los abrazos, sino el mejor refugio para el llanto, para el dolor, para los que se saben vulnerables. No quiero sonar cursi, pero detesto que la gente no sea capaz de abrazarse, de consentirse mutuamente. Me cai que hay gente que ni cuando hace el amor se atreve a dar un abrazo chido: No soporto a los hombres que no saben tratar a una mujer, ni hacerla sentir como si fuera la persona más bella o interesante del mundo. Como tampoco aguanto a las mujeres frívolas que prefieren un regalo caro que una caricia tibia. Es que nos hemos dejado arrastrar por el desvarío, por las leyes de la oferta y la demanda, por creer que la vida debería ser igualita que un comercial de American Express. Pero la vida está en otra parte, sólo hay que saber valorarla. En fin, estaba en que Diana es hermosa. Ella es linda y alta, con piernas que lucen hermosas en jeans, con una cintura breve y caderas que me hacen volar. Y siempre sueño con su cabellera roja y fantaseo en la forma en que hará el amor, pero cuando la veo me gana la ternura y sólo tengo deseos de abrazarla, de tomarle la mano y entonces me desconozco porque siento que eso no va con mi fama de canalla. Maldita sea, ¿será que me estoy enamorando? Creo más bien que llevo tanto tiempo solo, empecinado en blindar mi corazón, que la ternura me está ablandando. Y yo que me creía el rey de todo el mundo, como diría cualquier bohemio, ahora sólo quiero sentarme a beber, a fumar, y dejarme llevar por las bondades de una mirada, el brillo de una sonrisa. Chales, odio cuando me pongo cursi, pero es lo que siento y sería un idiota si me empeñara en negarlo. Ahora todas las canciones me dicen algo, bueno sólo las buenas rolas; todos los poemas cuadran con mis sentimientos. ¿Será que este canalla ha perdido el estilo?

Siempre que me preguntan qué es un canalla tengo una respuesta distinta. A veces estoy de un pésimo humor y digo que hay diferentes tipos de canallas: los que abandonan a su mujer e hijos a su suerte, como el ojaldra de mi padre; los que, como dirían ciertas mujeres, sólo “consiguen lo que querían” y se desaparecen; los que saben querer, pero no saben amar, como cantaría ese experto en sentimientos llamado José José; o los más drásticos, los que no saben estar con una mujer, pero tampoco sin ella.

Claro que si ando de buenas, busco una explicación más poética: todos llevamos un canalla en el corazón y es cínico, egoísta, bebedor y hasta sinvergüenza, pero también es sensible, apasionado, amante de la música, los libros y las mujeres. En resumidas cuentas, un bohemio, un solitario, que siempre tiene la frase exacta para enamorar a una mujer (por muy difícil que sea de conquistar) o destrozar a un enemigo (que por lo general son estúpidos). Y es que parece una regla: a los canallas les sobran besos y les faltan odios, pero sobre todo enemigos que estén a la altura de las circunstancias. Siempre lo he dicho: quiere enemigos maquiavélicos, que en verdad me exijan, que no insulten mi inteligencia. Nunca he pretendido ser un canalla. Ni siquiera sabía que lo era. Alguna vez, mientras bebía tequila con Joaquín Sabina gracias a la cortesía de un amigo común, llegamos a la conclusión de que un canalla está predestinado, que siempre lo será aunque se empeñe en lo contrario. No hay nada más inevitable que el camino de un tipo como Luis Eduardo Aute o José Alfredo Jiménez, Fernando Delgadillo, Sabina, Andrés Calamaro y el poeta Efraín Huerta y muchos que ahora no recuerdo. Creo que ya lo había dicho antes: no es lo mismo ser un ojete que un canalla. Los primeros son básicos, primitivos y hasta bárbaros; los segundos son entrañables, como esos camaradas con los que sabes que siempre puedes contar, pese a que parezcan arrogantes y aunque a ratos parece que caminan muy por adelante. Y sí, siempre hay un canalla cerca de ti, aunque a veces ni siquiera te des cuenta. Así que, mujer, tú sabes si lo dejas ir o darle la espalda, porque ese hombre te hará sentir como si fueras una reina. Y si no es así, es que entonces él no era un buen canalla.

1 comentario

  1. pollo dijo:

    soy fan de roberto castañeda este es mi manual favorito saludos.

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